NORBERTO DE LA RIESTRA "Nuestra Ciudad"

EL BOULEVAR Y SU HISTORIA

15.04.2010 18:00

   Historias   

     ... de cuando el boulevard  tenía árboles y mi abuelo me hamacaba...

El trazado del boulevard dio a N de la Riestra un  rasgo de identidad único, fundacional e inalterable en el tiempo. Nadie puede imaginar una estampa riestrense sin relacionarla con el boulevard.  Esta iniciativa, es obra de un visionario, Don Justo P. Desiervi quien,  acompañado de otros vecinos,  lo gestionó. Luego, desde la banca de Concejal, concretó  la imposición del nombre de "Sargento Cabral" 
 
Corralera y Chiripá

Corralera y Chiripa. En una visita que hice a TRENQUE LAUQUEN  fuimos a recorrer unas casas donde venden ropa, aperos fajas, ponchos, bombachas, alpargatas y todo lo relacionado con la tradicion, que tanto gusta a los porteños, conocedores por supuesto.  En unas perchas a la entrada de un negocio colgaban varios chalecos, las famosas corraleras, de color negro con claveles rojos bordados en la delantera, sin mangas, cortas y sin botones. En  ese momento retrocedi en el tiempo, incfreiblemente rapido y me vi desde la puerta de casa  que daba a una calle interior que por su ancho la llamabamos la callecita. Ahi venian a descargar las bolsas de cereales, los cfarros y chatas de las estancias vecinas. Los galpones eran enormes, con puertas corredizas por donde aparecian los peones para llevar las bolsas a apilar y los estibadores expertos en hacer las pilas . Los otros llevaban las bolsas al hombro -  hombrear lo llamaban. En verano cuando  el ! calor era insoportable, los peones no usaban bombachas, ni camisa, se vestian con corralera y chiripa. Al chiripa lo usaban solo, sin el calzoncillo cribado, lo envolvian alrededor de la cintura como los nativos de loa Mares del Sur usan el pareo, que nosotros adoptamos para la playa.Tambien el chiripa tenia claveles bordados, como se4 lo sostenian no lo recuerdo. La corralera era su compañera. Ademas usaban un pañuelo al cuello y un chambergo  de fieltro que cuando se lo cfalzaban bien adentro les cubria las orejas. Al hombro una bolsa limpia. Lo primero que se estilaba era quitar la tapa de atras por donde se sacaban las bolsas. El que subia al costado para tirarla ya tenia una apuesta he4cha. Si la tapa caia a lo largo., parada, le pagaban la copa y si caia al piso el tenia que pagar a los otros. Menos mal que no eran muchos los apostadores. Por supuesto esto  se podia hacer porque el piso tenia un colchon de arena que la podia sujetat. Cada changador se paraba preparado! para recibir la bolsa y cuando esta ibha cayendo el se acomodaba agachandose un poco ppara no recibir todo el peso de golpe y ahi venia el usu del sombrero, era para protejer la oreja de semejante bulto sino con el tiempo no la tendria. En cuantos segundos pense en eso no lo se, pero te aseguro Maria del Carmen que ni la mejor computadora lo hubiera registrado, y hasta me acorde que uno de mis hermanos quisi probar y recibir una bolsa y aterrizo con bolsa y todo. Una vez lei en la Revista de Occidente -Eapaña que todas las culturas tienen rasgos y usos comunes  y decia que el chaleco, el bolero y los distintos ponchos son corrientes  en muchos pueblos y los usaban , a veces primero la nobleza.Como se ve las culturas siguen un mismo camino y es muy interesante trata de descubrir similitudes.. 

Lycha Grana

 

Aquel día que llovieron sapitos

Era un atardecer, el tiempo inestable, hasta que se desató la tormenta, viento y agua por más de una hora y luego la lluvia siguió, pero lentamente. De pronto comenzó a escucharse un golpeteo sobre el techo. No fue por mucho tiempo y cuando todo estuvo en silencio mi madre nos llevó al jardín. No podíamos creer lo que veíamos: sapitos saltando para desaparecer entre las plantas. Eran muchísimos y pequeñitos. Esperamos luego, hasta que nuestro padre regresó y quisimos contarles, todos a la vez, lo que había sucedido. A él no le llamó la atención creía que una especie de tromba los levantó de una laguna y luego cayeron.

        

         Esto ocurrió antes de 1930 y conversando con un amigo, me comentó que alrededor de 1940 una experiencia parecida la había tenido cruzando el campo de la estación. Llovía y de pronto algo empezó a golpear contra el paraguas. Miró el suelo y se encontró rodeado de sapitos que se dispersaban en odas direcciones. Me hubiera gustado verle la cara de asombro que tendría en ese momento. Mi hermano me confirmó que él también los había visto en su casa. Todos eran pequeños como los que había visto en mi infancia. La última experiencia la tuve el año 2001. No escuché ningún ruido extraño, pero cuando salí al jardín estaban ahí saltando entre las plantas y tardaron mucho tiempo en desaparecer. No puedo saber si eran de una especie que no crecían o luego se convertían en sapos adultos y grandes.

Lycha Grana               

 

Cuando volaban los panaderos

 

Durante el verano de 1961 el calor hacía volar los panaderos que descendían lentamente como estrellas portadoras de buenos augurios. Agitábamos nuestras manos para atraparlos.
-¡Tiene pan! ¡Tiene pan!
Y le susurrábamos un deseo.
Todas las tardes caminábamos unos tres kilómetros desde el final del Otro Pueblo hasta la Iglesia Santa Catalina de Siena. Allí estudiábamos el catecismo para nuestra primera comunión que nos daría -el 6 de enero- el padre Palazzolo, alto, sonriente, de ojos grandes y expresivos.
Cuando veía salir a las chicas de Píppolo -Susana y Mirta- de su casa todavía más lejana, preparaba mi sombrero de paja y la mantilla.
A la ida caminábamos calladas. Para no cansarnos aprovechábamos la tierra asentada de la huella en la arena caliente.A la vuelta, en cambio, sería por el fresco reparador del sol declinando o por la costumbre de entonces de golpear las manos en casas para pedir agua,  nos mostrábamos más vivaces.
Entonces atrapábamos panaderos en los cardales y buscábamos nuestras propias huellas invertidas para volver exactamente por donde habíamos venido.
Ni la arena ni otros caminantes las habían borrado. Era así la soledad en el campo.

                                                                                                                                               B. Marín Peralta, 1961

 

El  primer día de clase


El inicio de clases se había retrasado, había que cerrarle las puertas a la polio.
Mi persistente curiosidad no podía esperar, demandaba el libro Upa, algo así como el libro sagrado de  las primeras letras. ¡Bellísimo! La Srta. Raquel (*) y mi abuelo, para junio de ese año, ya me habían  enseñado a leer, a escribir y a hacer cuentas. Pero todavía no había podido usar guardapolvo blanco,  maravilloso atuendo que a mis seis años les daría el pasaporte a la escuela, ese lugar donde van los  que... ¡Ya son grandes!.
Las vacunas van ganando, ya se puede abrir el cerco.
Se acercaba el día esperado. Iría a La 20. Comenzaron los preparativos. El guardapolvo lo cosió  mamá, los zapatitos marrones, con pulserita y botón y  los zoquetes blancos eran nuevos. El ritual  familiar no se detenía. y...¿el portafolio?  Carlitos, el hijo de doña Martina Quiroga, tenía uno que ya  no usaba. Me lo regaló. Justo para mí, el cuaderno, la cajita de madera con los lápices de colores, la  goma y el lápiz negro. Nada más. Era de cuero marrón, pero con rayones, mi abuelo lo lustró. Quedó brillante. ¡Como nuevo!
Me desperté temprano ese día.
- No te apures que vas a la tarde, todavía tengo que planchar el guardapolvo.
¡Cuántas tablitas tenía! El almidón de la caja amarilla con letras coloradas ayudaría.

- Al-mi-dd-ón Cool- mman. ¡Lo leí, lo leí!
Plancha a nafta, rociador y mucho esmero. Quedó precioso. Las cintas nuevas para las trenzas, ya  están listas.
Comienza la cuenta regresiva. Última lavada de cara,  manos, peine y algún tirón. ¡Al fin me lo puse!. El moño también está almidonado. ¡Cuidado!,  no vaya a ser cosa que llegue arrugada a la  escuela. Derechita y de la mano empezamos a caminar.

Primera parada, el almacén de Ortega,  caramelos para el recreo. Un poquito más y llegamos al boulevard, el piso está firme de tanta vuelta'el perro. Unos golpecitos con cada pie y  puedo ver el brillo de los zapatos otra vez. ¡Qué ganas de sentarme en cada uno de
sus bancos para verme las  tablitas una y otra vez. Pero el guardapolvo está durito. Sigamos que se hace tarde.

Última parada, la librería de la Sra. Amalia, el vasito plegable. ¡Imprescindible!.
Oímos la campana, cruzamos.
¡Cuántos chicos! ¡Nos habían tenido tan aislados con la epidemia! ¡Qué suerte!,  por la radio dijeron que hoy empiezan las clases! ¿No?

M. del C. López Atencio 

 (*) Raquel Biurrum

 

Los "ucalitos" tirados

 Un diciembre caluroso de la década del 60 llegué a Norberto de la Riestra, preparada para pasar el largo verano en el rincón más alejado de la localidad: la casa de mi abuelo Santos Peralta. Inmediatamente me sorprendió la luz inusual del paisaje. Habían talado el monte de eucaliptos.

-         Vinieron los del aserradero y dejaron los "ucalitos" ahí tirados.

Recorrí el devastador paisaje raspándome con las ramas, buscando los caminitos acostumbrados. Pronto encontramos algunas troncos horizontales que nos servirían de columpios. Ese verano saltábamos en las ramas con Marta y Cuqui Ledesma, riendo al descubrir que podíamos tocar la punta de los árboles con las manos. Equilibristas improvisadas, hicimos del monte talado nuestra plaza de juegos. Pronto se incorporaron otros chicos del barrio. Teníamos diez años.

Entonces, pasaban las chatas cargadas de cereal, soltando la pelusa del trigo. Los paisanos volvían los sábados de las estancias a dominguear en el pueblo.

Hace pocos días se inauguró la placita de juegos para niños del barrio Avellaneda enfrente de la que fue la casa de la Chola Vivas. La zona más humilde de la localidad, dice el periódico La Mañana. Ojalá siga habiendo personas comprometidas con los más desfavorecidos para brindarles espacio de juegos, deporte, educación. Todo esto hará posible, sin duda, una mejor calidad de vida y una convivencia más armoniosa.

Bichi Marin Peralta 

3/8/2000

 

El día que llovió ceniza

Un día, no recuerdo el mes, de 1932, el cielo del pueblo amaneció nublado, pero no era un nublado como tantos sino mas gris y daba sensación de lago "pesado".

A medida que la manana avanzaba se noto un silencio total de parte de los pájaros y aves de corral, solo algunos perros ladraban y otros aullaban. De pronto comenzó a llover, ceniza en vez de agua, en cantidad, tanta que las ramas de los arboles se doblaban por el peso de las hojas. Recuerdo que mi madre mando a mis hermanas a buscarme a casa de la señorita Nelida González, nuestra maestra y mientras caminábamos de regreso a casa la ceniza nos cubría el cabello, los hombros y los zapatos dejaban huellas como mas tarde dejo el primer hombre sobre la luna, no se borraban, no soplaba viento. En las primeras horas de la tarde todo termino y supimos que un volcán de la cordillera de los Andes nos había mandado el mensaje. Hubo quien junto ceniza pensando que podría usarla para reemplazar al polvo limpiador, pero no sirvió, tenia un mineral que rallaba los objetos y como dato llamativo, con el tiempo, si uno hacia un pozo, aparecía la ceniza entre tierra y tierra, como el queso de un emparedado.Otro día les contare cuando llovieron sapitos.

Lycha Grana


Recuerdos de los viajes a Riestra

  Conocí Norberto de la Riestra cuando era el niño mimado de la que con los años sería mi Tía Beatriz, y luego madre de Bea una de las autoras de esta página.
  Ella vivía con su hermana Ofelia en un cuarto de la casa de mis padres en Palermo, trabajaban en la desaparecida Casa Muñoz, (donde un peso vale dos!).
  Muchas veces me llevó con ella en las visitas que periódicamente hacía a sus padres.
  Los recuerdos arrancan desde el hall de Constitución, la locomotora a vapor y un viaje largo, y no muy cómodo.
  Del pueblo en sí mucho no me acuerdo, pero sí de la casa de don Santos Peralta y doña Julia su mujer. Llegábamos en charré, cruzando la tranquera había un caminito con una pileta y una bomba roja,  que desembocaba en la galería de la casa, a la izquierda la cocina a leña, haciendo esquina la sala, y a la derecha los cuartos con unas camas altísimas y con cobijas bien pesadas.
  Las ventanas con barrotes a lo largo y con postigos de madera. Hacia la derecha de la casa, al fondo, estaban los animales. El dueño de casa era un paisanazo, lo recuerdo bajo la galería, alpargatas, bombacha negra, faja, alguna vez le ví una rastra sencilla, camisa blanca, la piel tostada y agrietada, el bigote blanco, y enmarcando una mirada franca, el  sombrero negro. De pie, algo encorvado, con el brazo izquierdo cruzado
sobre la cintura a la espalda, invitando a pasar. Doña Julia, con sus anteojitos, y un husillo que me encantaba ver girar cuando hilaba la lana, recuerdo que una vez (sería la primera noche?) me dijo "aquí no es como tu casa, que bajas la palanquita y se prende el foquito", entonces encendía las lámparas de querosen .
  Desayunaba y merendaba unos mates cocidos con galleta inolvidables, y cafés con leche que nunca se repitieron, porque todo era lindo, desde el aroma que venía de la cocina y el crepitar de la leña quemándose, hasta el gusto, y los tazones donde lo
bebíamos.
  Con el hijo menor Alberto, eramos compinches y cuando salíamos recorríamos siempre un camino que cortaba un montecito a la izquierda de la casa, casi siempre íbamos a la casa de Marcial. 
  Me impresionaban las inmensas chatas cerealeras que pasaban por el camino, y cómo se hundían en la arena por el peso, pero caballos mediante, seguían la ruta paralela a esos infinitos alambrados.Recuerdo cuando se casó Ofelia, que actualmente vive
en La Riestra, viajamos toda la familia, era un día soleado, los esposos llegaron a la casa muy felices y se escuchó el grito "Padrino pelado!" a lo que el aludido respondía arrojando monedas, que los chicos tratábamos de juntar entre risas, gritos.
  Ese día mi hermano en un gesto de nobleza pretendió cambiarle un hueso a un perro, porque vió que ya no tenía carne, la cosa terminó con un tironeo, el diente del perro enganchado en el anillo de Mario, llanto, y mi viejo perdiéndose el asado por llevarlo a una sala de primeros auxilios.


  Ricardo Chaneton 

Un viaje en página a lo de mis abuelos

 
Cuando escuché las campanas me transporté mentalmente y de repente estaba allí......entrando al pueblo de mis abuelos,a la derecha la iglesia, la gente iba llegando, a la izquierda el famoso boulevard con sus señores árboles y más allá la estación con sus galpones de chapa y su clásico tanque de agua. A la derecha, el andén y en un extremo y del otro lado del mismo, la toma de agua de la máquina a vapor........y en mi recuerdo la curva sobre la ruta y la vista desde uno de los últimos vagones de segunda, del humo de la carbonera y el sonido de su bocina anunciando su paso a la ruta, pasando Uribelarrea.

Lo que sentí lo voy a decir así:

Cuando la página vi

me quedé emocionado,

y mis ojos se inundaron

recordando ese pasado. 

Como desafiando al tiempo

estaba clavado allí,

el color de los árboles

y el olor a pasto vi y sentí.

                                    

 Me acuerdo del boulevard

 y del disfraz de Fantasía,

 de la tía Margarita...

 qué recuerdos, qué alegría... 

 Me acuerdo del desayuno

 de la manteca de nata,

 y de mi tío Marcial

 que andaba en alpargatas...

 

  A la mañana temprano

 cada cual en una silla,

 tomábamos en la tazona

 la leche con cascarilla.

 Recuerdo los corbatitas

 y las palomas monteras,

 recuerdo que me decían

 hay que cerrar las tranqueras...

 

Me acuerdo que mi abuelo Santos

 era alto y buen mozo,

 siempre andaba de buen humor

 y le gustaba ser chistoso.

 Mi abuela Julia era fuerte,

 mas era un poco seria,

 cocinaba torta fritas

 en la cocina a leña.

 

 Estoy volviendo del viaje

 al presente otra vez,

 entrando a la casa

 estaba el viejo Ciprés.

 Y saliendo de la casa

 a la izquierda la Camelia

 con su tono color fucsia

 que es una flor muy bella.

 También veo el parral,

 los mandarinos y el nogal,

 son recuerdos de la vida

 imposibles de borrar.

 Y volviendo de La Riestra

 a la izquierda las lomadas,

 y volviendo de La Riestra

 a la derecha San Ramón,

 agradezco este viaje

 que Bichi y Maria del Carmen

 regalaron a mi corazón

Orlando Vicente Guzzo

(Cacho, Indio, Chaca)


Amici de la Riestra

Conocì La Riestra la tarde del cinco de febrero de año pasado, pisando su tierra y mirando con  los ojos el pueblo, abrazado a Don Arnaldo Biurron, viudo de mi querida prima Zulema Lombardi.
Fue Ella, que en el lejano 1975 hablaba del suyo pequeño pueblito en mi a casa en Nodica, pueblito pequeño cerca a ciudad como Pisa, Lucca, Livorno y otras, que nadie es igual como distancia con vosotros, in Italia, pueblicito esta cerco a otro y poco lejano desde la ciudad.
Con mi esposa Nerina prometemos a Zulema: " si un dia iremos a Argentina, sin duda vendremos a tu casa".
Y ASI FUE
Vemos un cielo azul como nunca habíamos visto, un campo inmenso, alambrado con vacas y terneros que pastaban, una inmensidad de tierra cultivada jamás vista, maiz y soja, mientras el trigo ya estaba cortado.
La noche y la manana llovió, al mediodía se levantaron Dolores y Candelaria {las nietas de Arnaldo} que nos saludaran con dos sapos que tenían en las manos y que habian tomado en la hierba del jardín del abuelo .BENDITA NATURALEZZA!!!
Por la tarde fuimos a hacer visita y conocimiento de Don Ernesto Baglietto y suya famiglia, padres de Hugo en coche.
Como he dicho antes, había llovido, por lo tanto el camino de tierra  que hay para llegar a la casa, fue una experencia por mi y Nerina que nunca olvideremos.
Grande manejador Hugo, el coche hundía en la huella llena de agua,el barro lo pintaba de nuevo color, Adriana y las niñas se reían como locoa, yo y Nerina pensabamos: NUNCA llegueremos a esta casa. En cambio, llegamos!!
Familia estupenda, abrazos,  besos, un cariño calientisimo.
Había en el jardin del frente a un árbol muy grande y miramos las palomas salvajes volar, cuando llega Nestor y me dice: ?te gusta esto árbol? Claro que si , respondo. Entonce quiero decirte una cosa: no es un árbol, sino yerba!!
Me puse a pensar un momentito: es verdadamente interesante visitar el mundo, en Italia nada de esto hay.
Nunca olvideremos la YERBA de Nestor.
El dia siguente otra sorpresa: nos presento mi DIRECTORA, mi hermana Raquel,  La Señorita .
Dona estupenda que escribe oraciones que es un grande placer su lectura.
CIAO, hasta luego para todos los Riestrenses.

p.s.Es uno escrito de un italiano que empieza a conocer vuestra simpática lengua.

Nerina Y Piero Pardella
Via Bovio,6 {C.P56010} NODICA PISA ITALIA

Aclaración: El árbol es el ombú , el cual es considerado una planta herbácea. Piero dice "yerba" por hierba. Ma. del C.


La Riestra vive en Nodica

Estabamos en aeropuerto a Eseiza para la salida a Italia, todos muy tristes como son las despides.
Todos los parientes estaban con nosotros, un abrazo, un beso, cuando se me acerca Maria Rosa Biurrum (hija de Don Arnaldo y Ihoia para quien la conoce) y me da unos ramos de planta de flores y nos dijo: estes ramos son de una que es crecida en el giardin de mi casa, fue mi Mama (mi prima Zulema desaparecida) a ponerla en una maceta y a traermela a mi casa, llevala a Italia y clavalos. Les  pusimos en una mochilla y cuando fuimos a casa  les  clavabamos en una maceta reparada del frio del mes de marzo de italiano.
En el mes de mayo, que es caliente, lo pusimos en el giardin, al sol de la primavera.
Los ramos eran como cuando le clavamos,todavia màs pequenas, sin ningun sena de vida, por lo tanto les olvidè.
Un dia veo mi gato sobre una maceta al sol de la primavera : me acerco y veo que es la que de lo
ramos,con la mano lo hago huir y veo que no està nadie de la planta,sin embargo muchos suenos sin duda habia hecho el gatito blanco (asÏ lo llamaban Dolores y Candelaria).
Tomé la maceta y la puse arriba y màs reparada. Después dos meses habian crecido ramos nuevos con florecitos color rosa.
No nos olvideremos nunca como le gustan a Ihoia las flores y los arboles (es una grande experta) y cuando viendrà de nuevo a Italia,queremos podersela hacer ver todavia más grande..¡Feliz Navidad!

Nerina y Piero Pardella  Nodica - Pisa-Italy

 

Recuerdos de Navidad

Muchas veces cuando veo tanta ornamentación navideña por todo lados, luces titilantes, Papá Noeles, villancicos a todo volumen, guirnaldas que rodean las casas quedo prisionera del mismo interrogante ¿dónde confluyen lo visual y lo auditivo con lo espiritual. ¿con tanta bambolla nos acercamos o nos alejamos de la verdadera esencia de la Navidad?

Me atrevería decir que toda esta puesta en escena navideña comenzó a instalarse y a echar raíces en nuestro país con la llegada de la TV a la mayoría de los hogares populares.

Recuerdo mi niñez en N. de la Riestra, la década de los 50, pocas familias tenían luz eléctrica, era el imperio del Sol de Noche, no había lucecitas, ni muñecos con música, pero ese ajetreo pre navideño era muy tangible. Desde las conjeturas infantiles sostenidas por mis cuatro o cinco años de vida, estaba convencida que la Navidad venía de la Iglesia, pero llegaba hasta Berraondo y hasta el otro pueblo y hasta Pedernales y hasta donde mi imaginación y mi ojitos alcanzaran. Estaba en todas partes. Y generaba rituales pueblerinos que vale la pena recordar. Felizmente, en Riestra, muchos se conservan y a los que vivimos en los grandes centros poblados donde no se conoce ni del nombre del vecino,  recordarlos, nos acaricia el alma .

Los días previos eran preparativos litúrgicos para la Misa del Gallo y la de Navidad,  los villancicos, la novena, las confesiones, se preparaban las mejores prendas para estrenar en la misa. El cuerpo y el alma puestos a punto para la ocasión. A la Misa del Gallo iba todo el pueblo. Todos los demás eventos preparados por las distintas entidades, comenzaban después de finalizada la misa. ¿Quién se iba a atrever a desairar al párroco?

El menú clásico era asado, lechón o cualquier otra carne bien sabrosa, las ensaladas eran las típicas, la rusa y la de fruta, el pan dulce, las frutas secas y los turrones. Las barras de hielo en las bateas o en fuentones enfriando las bebidas. En este rubro había otra reina indiscutida, la sidra, infaltable en la mesa familiar.

La reunión de la Nochebuena era significativa, se esperaba con verdadero emoción el nacimiento del Hijo de Dios, el Redentor y con entusiasmo la llegada de tíos, primos y demás familiares. He aquí a otro gran protagonista en esta historia, el tren. Ese monstruo grande y poderoso que traía casi todo lo que llegaba a Riestra. Siempre. Pero el 24 de diciembre venía muy cargado, con más vagones, apuesto que también traía al espíritu navideño. A mi no me quedaban dudas.

No se usaba, como hoy, adornar los pinos y no se vendían tantos árboles artificiales. Pero yo ya había visto en el negocio de Polo Genovesio una velitas de colores montadas sobre una pinza para adornar e ilumninar arbolitos. Mi abuelo Eduardo con la sencillez y la magia de su bondad y con sus escasos recursos se las ingenió para improvisar uno árbol navideño con una rama y una lata de aceite de auto a la que pintó y rellenó con cascotes y tierra. Me llevó al negocio, que para mi era algo así como el Shopping de las Novedades de esa época al cual sólo opacaba, su mejor competidora, la librería de la Sra. Amalia, si la memoria no me falla. Ambos negocios tenían para mí un atractivo especial, sobre todo si los visitaba de la mano de mi abuelo. Y por fin tuve las famosas velitas y también una caja de estrellitas para encender justo cuando nacía el Niñito Jesús. Y allí se terminaban todos mis festejos para esa Noche. Me dormía feliz, seguramente más acompañada. Pero al día siguiente, amanecía con mucho calor, según mis evocativos registros, no teníamos ventiladores,  la mesa se armaba debajo del ombú, su sombra era generosa y con la llegada de la familia completa y algún oportuno vecino se compartía el almuerzo, el pan, la fe en el otro, el amor y la esperanza de un mundo mejor. Ese ombú, podría decir que fue mi árbol, mudo testigo de la inocencia de una época que me gustaría revivirla aunque sea por unos instantes. Si se lo pido a Papá Noel, me lo concederá?

                                                                                                                            María del Carmen López Atencio

13/2/2001

Que siga el Carnaval

Después de casi 40 años , este fin de semana estuve en el Carnaval de la Nieve de N. de la Riestra.

Entre los recuerdos que atesoro de mi niñez estaba muy escondido el de los corsos de la década del 50. En ese tiempo se realizaban frente a la Delegación Municipal, en la cuadra del Club Social...

Como si fuera una película comienza a dibujarse la escena: el boulevard, con árboles, sus calles de tierra bien regadas, iluminado al máximo, hasta donde la tecnología de la época permitía. Mesas y sillas en las veredas, en las mesas, las bebidas. Algunas ya no se estilan como la cerveza negra que tomaba mi papá, o han pasado al olvido, como la Bidú Cola o la Naranjina. Poco a poco llegan algunos automóviles, sulkys y mozos de a caballo, vestidos con sombrero, bombacha y botas, para dar la vuelta ‘el perro. Las jóvenes en edad de merecer caminan alrededor del boulevard dando también su vueltita. A la imagen se incorporan las carrozas montadas sobre chatas tiradas por tractores, vehículos con diseño ideal para las tareas rurales y también para los corsos por su andar elegantemente lento y de plena vigencia, aún en este nuevo milenio. Las carrozas lucían su ornamentación, competían por el premio a la creatividad y brindaban una plataforma ideal para que se mostraran las más bellas del pueblo.

El kiosco de los carnavales de ayer tenía productos en extinción: serpentina, matraca, pitos, papel picado, lanzaperfume, pomo y antifaz; el de hoy, sólo nieve en aerosol.

Las alegres mascaritas del pasado jugaban a mantener el incógnito cambiando la voz, rellenando partes del cuerpo para disimular su sexo, eso, los varones o, vendándose el busto y poniéndose el traje y el sombrero del hermano, las mujeres. Para ambos, el antifaz o la careta eran de uso obligatorio si querían mantener el anonimato el mayor tiempo posible, ya que por un detalle o por otro, al día siguiente, el disfraz de cada uno era el comentario de los otros. Ahora las mascaritas ya no son tantas y el tema de la sexualidad disimulada explicita otras connotaciones, otrora privadísimas.

Todo esta muestra colorida y festiva culminaba en los FABULOSOS BAILES DEL PRADO ITALIANO, templo circular de los jóvenes de la época, lugar apropiado para el baile, para conseguir pareja, para escabullirse de la mirada atenta de los mayores que también disfrutaban del baile, pero con el ojo largo para cuidar a las jovencitas. Hoy EL PRADO, con pileta de natación y sede de un sindicato ya no convoca tanta juventud pero mantiene intacta su condición emblemática de Catedral de la Diversión.

Allí, los muchachos cabeceaban para invitar a bailar, las chicas disfrutaban de ese pícaro galanteo y terminaban aceptando, aunque el mozo en cuestión fuera feo, para ”no planchar” y evitar los comentarios posteriores. La diversión continuaba mientras las velas ardían o hasta que la orden materna indicara férreamente que había que volver pa’ las casas. Hoy por hoy, esos rituales están en desuso, pero la pista redonda nos sigue invitando a bailar hasta el alba.

Aunque por razones meramente comerciales los bailes y los corsos eran ocho, el Carnaval propiamente dicho duraba del sábado al martes; era feriado y el protocolo se repetía todas noches. Al día siguiente, Miércoles de Ceniza, se murió el Rey Momo, fiesta de guardar, a misa para purgar algún pecadillo deslizado involuntariamente en el evento y comenzar la Cuaresma como Dios mandaba. En el 2001 sólo se celebra los sábados de febrero y del feriado se olvidó hasta el almanaque.

Como dice la canción, el pueblo de vestía de fiesta. Una fiesta pagana, esperada por todos para dar rienda suelta a la alegría y algún que otro sentimiento escondido que la ocasión daba licencia para liberar arrojando perfume a un simpatizante o quizás, mojando a alguien por alguna cuentita pendiente, ¡vaya uno a saber!.

 Este clima de algarabía, divertía sin generar destrozos, ni violencia ni agresiones y lo más maravilloso que pude vivir anoche, en Riestra, es comprobar in situ, que esto se mantiene indemne. Mi mayor sorpresa fue ver un pueblo que puede convocarse en el boulevard, sin árboles y con asfalto, celebrar, divertirse, disfrazarse, jugar con la nieve, con más luces, mejor sonido y hasta con videofilmaciones, pero eligiendo lo mejor que en estos años aportó el progreso y desechando lo demás para seguir manteniendo el espíritu de una comunidad que vive en armonía.

Que Riestra y otros pueblos con el mismo candor, no pierdan nunca ese maravilloso clima que se respira allí.

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